no pasaran

jueves, 19 de septiembre de 2019

BURDEL


¿Quién no ha elevado alguna vez su mirada al cielo y le ha reclamado
al Supremo por una cruz menos pesada para cargar hacia nuestro propio Gólgota?
Elías Haarum leía la Tora desde el pulpito del yeshivot cuya dirección le había sido asignada desde su llegada al país hacia ya varios años.
El último estudiante se despidió cortésmente del rabino…
_ “Hasta mañana rabino”…
_ “Shalom Moisés”….contesto Elías casi en forma inaudible.

Moisés era un joven judío proveniente de una familia adinerada que pudo escapar del ghetto de Varsovia y radicarse en el país, el padre de Moisés, Abraham Gaon quería que su hijo consagrase su vida al estudio de la religión y llegase a transformarse en el máximo líder espiritual del judaísmo de la comunidad hebrea que habitaba en ese país.

En el barrio árabe de aquella ciudad cosmopolita, el comerciante de origen libanés, José Kredde, discutía ácidamente con su hijo Miguel,
el padre le reclamaba su poca vocación para con el trabajo y su renuencia para la observancia de los preceptos del Islam…
_ “Miguel,…Miguel” –repetía – “debes trabajar, debes honrar a Ala dos veces por dia”. Pero Miguel parecía no escuchar a su padre, a el le interesaban otras cosas.

Cesar David Poltoni se había criado al cuidado de sus dos tías que lo habían adoptado al morir sus padres en el atentado de la Mutual.
Los padres de Cesar lo habían dejado en el auto al cuidado de una de las tías mientras tanto ellos realizaban una compra en el negocio vecino a la institución siniestrada. La explosión se escucho a cientos de metros, la onda expansiva fue terrible y los cadáveres de los padres de Cesar no pudieron ser recuperados, al menos enteros.
La cuestión es que a partir de ese momento Cesar se crió al amparo de esas tías y de la religión que profesaban, el catolicismo.
La vida de Cesar transcurría entre rezos y misas a tal punto que conocía de memoria mas versículos bíblicos que el mismo padre Antonio quien lo acogió como su monaguillo, absorbiéndole de esta manera los pocos ratos libres para el esparcimiento del joven Cesar.


La ciudad era, como había señalado antes, cosmopolita, era un crisol no solo de razas sino tambien de tradiciones y costumbres, y si bien compartían el espacio físico de la misma, los odios y recelos ancestrales se mantenían latentes.

El rabí había concluido su jornada cotidiana de estudio, se dirigió hacia su habitación y con una habilidad adquirida luego de muchos ensayos frente al espejo, escondió los largos rizos que lo delataban como un judío comprometido y al amparo de las sombras se deslizo por la oscura callejuela que desembocaba en la avenida principal y mezclándose con la muchedumbre desapareció.

Aquella misa parecía haber trascurrido mas lentamente que otras, para colmo al final de la misma unos feligreses requerían algunos consejos del padre Antonio, quien luego de atenderlos con una prisa que era desconocida en aquel trinitario, los despacho rápidamente con la excusa de que una moribunda reclamaba la extrema unción.
Por su parte el joven monaguillo se deshizo raudamente de la sotana, salio a la calle, aspiro profundamente y su pulso pareció tomar un ritmo acelerado, con un rápido movimiento saco un frasco pequeño del bolsillo de su chaqueta, unto sus manos con el contenido del mismo y refregó su cara, luego se detuvo en el quiosco de la esquina y compro allí un paquete de caramelos de menta que engullo de dos en dos mientras que caminaba con paso rápido por la avenida principal con rumbo hacia el sur.

Moisés guardo los libros de estudios bíblicos en su mochila y se despidió de sus padres advirtiéndoles que luego de las clases con el rabí visitaría a Judith, única hija del acaudalado banquero David Klostemberg, por la que sentía cierta atracción. Los padres de Moisés se sintieron gratamente sorprendidos a tal punto que don Abraham le dio a su hijo unos pesos para que le comprase algún obsequio a la joven Judith.
Esa tarde Moisés no asistió al centro de estudios del rabí, estuvo hasta la caída la tarde en el bar del gallego José, a intervalos mas o menos regulares levantaba la mirada y se fijaba la hora en el antiguo reloj de pared del bar, y cuando las agujas marcaron las 19 horas, pago su café y partió por la avenida principal.

Don José Kredde cerro su tienda luego de despedir a su ultimo cliente y con paso firme se dirigió hacia la mezquita, se saco sus zapatos nuevos y se arrodillo inclinándose hacia La Meca y comenzó a orar pero esta vez la oración fue mas rápida que otras veces, podriamos decir que fue casi un tramite, y como pidiéndole perdón a Ala, se calzo sus zapatos y sus pasos lo llevaron por la avenida.
Mientras tanto, el joven Miguel Kredde pasaba la tarde donde siempre, haciendo lo de siempre, que no era mas que consumir las horas jugando al naipe en el club, pero aquella vez era diferente, Miguel parecía haber asistido al club solo como una parada previa a una cita mas importante, y cuando el reloj marco las 19 horas partió por la avenida sin decir adonde.

Las sombras de la noche fueron devorando las últimas luces del atardecer, la ciudad iba recuperando la calma pero el silencio duro poco, el ulular de las sirenas de los móviles policiales que irrumpieron en la avenida produjo sorpresa en los ya pocos transeúntes. Los patrulleros se dirigían por la avenida principal hacia el sur y doblaron por el estrecho callejón que llevaba hacia el bajo.

_“Nombre completo” le espeto el oficial de la policía.
_ “Elías,…Elías Haruum”, respondió cabizbajo el rabí, en cuyas sienes habían vuelto los rizos característicos que había ocultado horas antes.
Uno a uno los detenidos fueron indagados. El alumno del rabí, Moisés tenia sentimientos confusos, esta experiencia que había sufrido lo acongojaba pero a su vez no podía dejar de pensar lo maravillosamente bien que se había sentido luego de realizar aquel acto.
El padre Antonio ensayaba una excusa sobre la misión que Dios le había encomendado esa noche en aquel lugar.
_ “Yo asistí para salvar el alma de esa inocente” decía una y otra vez, aunque íntimamente el sabia que su espíritu nunca había sentido tal gozo como aquella noche.
José Kredde insistía que el había acudido a tal lupanar solo a rescatar a su perdido hijo Miguel, el que aun no podía apartar aquella mirada lasciva sobre las curvas pronunciadas de aquella extranjera de acento paraguayo.
Cesar David juraba y perjuraba que jamás volvería a aquel lugar a cambio de que la policía no se lo dijese a sus tías, tanto el policía que le tomaba declaración como el propio Cesar David, sabían que esa promesa no se cumpliría.

Las primeras luces del dia iluminaron los techos monocromáticos de los edificios de la gran avenida, lentamente el bullicio fue ganado la calle, miles de pasos se dirigían en ambas direcciones y entre ellos, seis hombres volvían a sus quehaceres cotidianos pensando que… “la próxima noche será mejor”.

Oscar Niño, Frias 28 de julio de 2008








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