¿Quién no ha elevado alguna vez su mirada al cielo y le ha
reclamado
al Supremo por una cruz menos pesada para cargar hacia nuestro
propio Gólgota?
Elías Haarum leía la Tora desde el pulpito del yeshivot
cuya dirección le había sido asignada desde su
llegada al país hacia ya varios años.
El último estudiante se despidió cortésmente del rabino…
_ “Hasta mañana rabino”…
_ “Shalom Moisés”….contesto Elías casi en forma inaudible.
Moisés era un joven judío proveniente de una familia adinerada que
pudo escapar del ghetto de Varsovia y radicarse en el país, el padre
de Moisés, Abraham Gaon quería que su hijo consagrase su vida al
estudio de la religión y llegase a transformarse en el máximo líder
espiritual del judaísmo de la comunidad hebrea que habitaba en ese
país.
En el barrio árabe de aquella ciudad cosmopolita, el comerciante de
origen libanés, José Kredde, discutía ácidamente con su hijo
Miguel,
el padre le reclamaba su poca vocación para con el trabajo y su
renuencia para la observancia de los preceptos del Islam…
_ “Miguel,…Miguel” –repetía – “debes trabajar, debes
honrar a Ala dos veces por dia”. Pero Miguel parecía no escuchar a
su padre, a el le interesaban otras cosas.
Cesar David Poltoni se había criado al cuidado de sus dos tías que
lo habían adoptado al morir sus padres en el atentado de la Mutual.
Los padres de Cesar lo habían dejado en el auto al cuidado de una de
las tías mientras tanto ellos realizaban una compra en el negocio
vecino a la institución siniestrada. La explosión se escucho a
cientos de metros, la onda expansiva fue terrible y los cadáveres de
los padres de Cesar no pudieron ser recuperados, al menos enteros.
La cuestión es que a partir de ese momento Cesar se crió al amparo
de esas tías y de la religión que profesaban, el catolicismo.
La vida de Cesar transcurría entre rezos y misas a tal punto que
conocía de memoria mas versículos bíblicos que el mismo padre
Antonio quien lo acogió como su monaguillo, absorbiéndole de esta
manera los pocos ratos libres para el esparcimiento del joven Cesar.
La ciudad era, como había señalado antes, cosmopolita, era un
crisol no solo de razas sino tambien de tradiciones y costumbres, y
si bien compartían el espacio físico de la misma, los odios y
recelos ancestrales se mantenían latentes.
El rabí había concluido su jornada cotidiana de estudio, se dirigió
hacia su habitación y con una habilidad adquirida luego de muchos
ensayos frente al espejo, escondió los largos rizos que lo delataban
como un judío comprometido y al amparo de las sombras se deslizo por
la oscura callejuela que desembocaba en la avenida principal y
mezclándose con la muchedumbre desapareció.
Aquella misa parecía haber trascurrido mas lentamente que otras,
para colmo al final de la misma unos feligreses requerían algunos
consejos del padre Antonio, quien luego de atenderlos con una prisa
que era desconocida en aquel trinitario, los despacho rápidamente
con la excusa de que una moribunda reclamaba la extrema unción.
Por su parte el joven monaguillo se deshizo raudamente de la sotana,
salio a la calle, aspiro profundamente y su pulso pareció tomar un
ritmo acelerado, con un rápido movimiento saco un frasco pequeño
del bolsillo de su chaqueta, unto sus manos con el contenido del
mismo y refregó su cara, luego se detuvo en el quiosco de la esquina
y compro allí un paquete de caramelos de menta que engullo de dos en
dos mientras que caminaba con paso rápido por la avenida principal
con rumbo hacia el sur.
Moisés guardo los libros de estudios bíblicos en su mochila y se
despidió de sus padres advirtiéndoles que luego de las clases con
el rabí visitaría a Judith, única hija del acaudalado banquero
David Klostemberg, por la que sentía cierta atracción. Los padres
de Moisés se sintieron gratamente sorprendidos a tal punto que don
Abraham le dio a su hijo unos pesos para que le comprase algún
obsequio a la joven Judith.
Esa tarde Moisés no asistió al centro de estudios del rabí, estuvo
hasta la caída la tarde en el bar del gallego José, a intervalos
mas o menos regulares levantaba la mirada y se fijaba la hora en el
antiguo reloj de pared del bar, y cuando las agujas marcaron las 19
horas, pago su café y partió por la avenida principal.
Don José Kredde cerro su tienda luego de despedir a su ultimo
cliente y con paso firme se dirigió hacia la mezquita, se saco sus
zapatos nuevos y se arrodillo inclinándose hacia La Meca y comenzó
a orar pero esta vez la oración fue mas rápida que otras veces,
podriamos decir que fue casi un tramite, y como pidiéndole perdón a
Ala, se calzo sus zapatos y sus pasos lo llevaron por la avenida.
Mientras tanto, el joven Miguel Kredde pasaba la tarde donde siempre,
haciendo lo de siempre, que no era mas que consumir las horas jugando
al naipe en el club, pero aquella vez era diferente, Miguel parecía
haber asistido al club solo como una parada previa a una cita mas
importante, y cuando el reloj marco las 19 horas partió por la
avenida sin decir adonde.
Las sombras de la noche fueron devorando las últimas luces del
atardecer, la ciudad iba recuperando la calma pero el silencio duro
poco, el ulular de las sirenas de los móviles policiales que
irrumpieron en la avenida produjo sorpresa en los ya pocos
transeúntes. Los patrulleros se dirigían por la avenida principal
hacia el sur y doblaron por el estrecho callejón que llevaba hacia
el bajo.
_“Nombre completo” le espeto el oficial de la policía.
_ “Elías,…Elías Haruum”, respondió cabizbajo el rabí, en
cuyas sienes habían vuelto los rizos característicos que había
ocultado horas antes.
Uno a uno los detenidos fueron indagados. El alumno del rabí, Moisés
tenia sentimientos confusos, esta experiencia que había sufrido lo
acongojaba pero a su vez no podía dejar de pensar lo
maravillosamente bien que se había sentido luego de realizar aquel
acto.
El padre Antonio ensayaba una excusa sobre la misión que Dios le
había encomendado esa noche en aquel lugar.
_ “Yo asistí para salvar el alma de esa inocente” decía una y
otra vez, aunque íntimamente el sabia que su espíritu nunca había
sentido tal gozo como aquella noche.
José Kredde insistía que el había acudido a tal lupanar solo a
rescatar a su perdido hijo Miguel, el que aun no podía apartar
aquella mirada lasciva sobre las curvas pronunciadas de aquella
extranjera de acento paraguayo.
Cesar David juraba y perjuraba que jamás volvería a aquel lugar a
cambio de que la policía no se lo dijese a sus tías, tanto el
policía que le tomaba declaración como el propio Cesar David,
sabían que esa promesa no se cumpliría.
Las primeras luces del dia iluminaron los techos monocromáticos de
los edificios de la gran avenida, lentamente el bullicio fue ganado
la calle, miles de pasos se dirigían en ambas direcciones y entre
ellos, seis hombres volvían a sus quehaceres cotidianos pensando
que… “la próxima noche será mejor”.
Oscar Niño, Frias 28
de julio de 2008
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