no pasaran

sábado, 1 de junio de 2019

EL ENVENENADOR

La Olla de Cobre


 Ya era un hábito.Todas las noches cuando ya no quedaban clientes y el mozo recogía los últimos manteles y montaba las sillas sobre las mesas, aparecía él, con su aire despreocupado como si no notase que la fonda se disponía a concluir esa jornada. Vaya uno a saber de donde venía porque según se sabe ya desde las nueve de la noche estaba desocupado. Si, era un hábito...un mal hábito.
Saludaba en voz baja, casi inaudible y por el solo hecho de cumplir pués ya sabía la respuesta de antemano, preguntaba:
-¿"Podrá el cocinero prepararme un guisito en la olla de cobre"?...y agregaba...
-¿Vió?...el cobre es como que disipa mejor el calor".
El mozo maldecía por lo bajo pero este molesto personaje era amigo del dueño de la fonda y una negativa o una queja  podría dejarlo sin trabajo...y los tiempos eran muy duros para solo pensar en esa posibilidad, así que bajaba las sillas de aquella mesa contra la ventana de vidrios engrasados por el tiempo, sacudía el mantel y luego lo extendía sobre la mesa y con paso cansino enfilaba hacia la puerta vaivén que separaba el comedor de la cocina.
-"Si ya sé...el de siempre...el del guiso en la olla de cobre" exclamaba el cocinero que mirando de soslayo el reloj pared que marcaba las dos de la mañana murmuraba..."la puta madre que lo parió...estoy aquí desde las seis de la tarde y a este se le ocurre venir a las dos de la mañana".
De mala gana peló unas papas...una zanahoria un trozo de carne que recogió de alguna sobra y metió todo en la vieja olla de cobre. Cuando estuvo a punto lo sirvió en un plato hondo...lavó la olla y la dejo escurriendo como siempre, sin notar la coloración verdosa que iba tomando, luego se sacó el sucio delantal percudido de tantas manos refregadas en el, se puso su viejo y raido gabán pues afuera caía una tenue lluvia y se encaminó silbando hacia la casa de su novia. Al llegar al domicilio de aquella amada mujer, el mozo al no ver ni un rayito de luz que se colase por las hendijas que dejaban la puerta y las dos ventanas se dijo a si mismo:
-"La pobrecilla se cansó de esperarme seguramente y se durmió...volveré mañana".
La escena con el cliente al que podriamos definir al menos como indiscreto se repitió muchas veces...muchísimas y la olla por repetir muchas veces tambien el procedimiento de no ser enjuagada y secada convenientemente fue juntando un cardenillo verde grisáceo que dá el cobre al oxidarse.
Cierto día el cocinero descubrió que era víctima de la traición de su amada. Aquella mujer, la de sus desvelos, yacía desnuda en otros brazos. Ni una explicación por parte de ella, que por inverosímil que hubiera resultado el cocinero seguramente hubiera creído.
Así cabizbajo, humillado...decepcionado volvió a la cocina de la fonda y se dijo a si mismo como quién busca una explicación en su culpa ante tamaña desgracia...
-"Tal vez esto me pasó por tratar mal al único cliente fiel...y pensar que yo no enjuagaba la olla con la que le preparaba el guiso.El, que siempre me paraba en la puerta para felicitarme por el guiso y yo ni siquiera lo miraba urgido por correr a los brazos de esa ingrata".
En esas cavilaciones estaba cuando el mozo entró a la cocina empujando la puerta vivén con la vieja y abollada bandeja de latón, y a viva voz gritó:
-"El del guiso de la olla de cobre"¡¡¡
El corazón del cocinero saltó de júbilo y se dijo a si mismo:
-"Hoy le prepararé el mejor guiso que jamás haya probado". Y comenzo por lavar la olla con una solucion de vinagre. 
-"La dejaré como nueva". Tan emocionado estaba que se olvidó de enjuagarla.
Todo salió perfecto y por supuesto, el ácido acético y el óxido de cobre fueron los ingredientes protagonistas de aquel guiso.
A partir de aquella noche el asiduo cliente no volvió mas a la fonda. Para el mozo resultó un alivio pues ahora disponía de más tiempo para jugar a las cartas con sus amigos, pero para aquel cocinero esta ausencia le trajo resabios amargos de la traición...primero su amada y ahora su fiel cliente lo había abandonado.

LA VOZ DEL PUEBLO
De nuestra agencia
En la mañana de hoy, en medio de un vómito verdoso y una diarrea sanguinolenta, fue hallado el vecino fulano de tal. El médico forense sospecha que el síncope fulminante fue ocasionado por algún tipo de extraño veneno.














EL ENVENENADOR




EL ENVENENADOR
FORMULA MAGISTRAL
¡¡¡ “Dios…que rulos…que hermosa cabellera que tenía”!!! repetía una y otra vez mirando aquella fotografía color sepia que inmortalizaba una de las tantas vacaciones familiares en el campo.
Pero evidentemente su destino era la calvicie que según su madre sería la herencia genética de su bisabuelo el coronel Gordon.
- Maldito coronel… con tantos nietos justo a mi me viene a tirar sus genes” maldecía sin tener ni siquiera una mínima idea sobre la combinación de los genes alelos ni sobre  las leyes de la herencia.
Cada mañana era para el un verdadero suplicio… juntaba los pelos que quedaban esparcidos sobre la almohada… los contaba y los juntaba en un cofre con los que habían abandonado su cabeza en noches anteriores. Llego a pensar que dormir sentado sería la solución para tamaño problema, pero lejos de resultar beneficioso, ya que los pelos de su nuca quedaban sobre el almohadón en el que apoyaba la cabeza, el dolor de cintura al levantarse cada mañana era insoportable.
Optó por no peinarse y lavarse la cabeza no más de una vez por mes. Ya no soportaba mas la visión de sus cabellos debilitados hasta la muerte, esparcidos por doquier… y para colmo esa calva que empeñada en rechazar a sus hijos, parecía burlarse de el.
Muchos fueron los esfuerzos y tratamientos ensayados… casi todos, por no decir que todos fracasaron… algunos parecieron detener un poco mas la caída, pero aquel desierto que resultaba su calva estaba empeñada en no dejar un solo pelo con vida.
Salvia, champues especiales medicados con aminoácidos… masajes manuales y con masajeadores eléctricos… nada resultaba. Hasta llego a untarse excremento de gallina mezclado con aceite de hígado de bacalao que debía ser aplicado diariamente durante no menos de seis meses, tiempo en que no solo fue el hazmerreir de sus compañeros de trabajo sino que además fue aislado por el olor hediondo que despedía semejante ungüento.
Nada resultaba, y para colmo allí estaba, aunque cerrase los ojos, como un cruel recordatorio, la foto de color sepia de aquellas vacaciones familiares.
Le quedaba una última cosa por probar… el entretejido, pero desistió de la idea cuando vio el resultado que le había dado a su vecino Antonio. Le pareció horrible, la calva roja y la siembra rala de mechones que exhibía no sin vergüenza su vecino, no le pareció una buena opción.
Ya casi desahuciado pensó en morir con los últimos cabellos que le quedaban… “¡¡¡Maldito Coronel Gordon!!!” frase que ya sonaba como un grito de guerra cada vez que encontraba nuevos cabellos.
Pero cuando ya todo parecía perdido un aviso de una revista ofrecía lo ultimo y revolucionario en materia del tratamiento de la calvicie, fotos que mostraban modelos del antes y después del tratamiento le produjeron una alegría indescriptible. Mas rápido que urgente pidió la pócima mágica, previo envió de un giro postal por una suma que si bien era muy importante resultaba una bagatela por los efectos fantásticos que ofrecía.
Al cabo de diez días, en los que continuo guardando los cabellos caídos sobre la almohada, recibió tres potes de 350 gramos cada uno.
La presentación no era demasiado elegante y la etiqueta decía en letras negras FORMULA MAGISTRAL PARA LA RECUPERACION CAPILAR.
Un folletín con algunas especificaciones de uso que acompañaba al envio explicaba como debía ser usado y lo que ocurriría a lo largo del uso.
Primero notará que su escaso cabello caerá totalmente, no debe preocuparse por ello, se trata de pelos desvitalizados y condenados a la muerte. Al cabo de unos quince días de uso observará como empieza a nacer un nuevo cabello hirsuto y robusto, y al mes su calvicie solo será un viejo recuerdo”.
Efectivamente, la secuencia se cumplía tal cual indicaba el folletín y al cabo de un mes, luego de padecer la total caída de su antiguo cabello, su cabeza se cubrió de rulos, tantos que de no ser por los años que transcurrieron desde aquella foto de las vacaciones familiares no se veía muy distinto, unos kilos mas…unas arrugas pero la misma blonda cabellera de antaño.
Que feliz se encontraba hasta que un día al despertar encontró la totalidad de su nuevo cabello sobre la almohada y no solo el cabello…también cejas y pestañas yacían en el lecho, no lo podía creer… escalofríos, cefalgías, accesos epileptiformes y un delirio oniroide invadieron su cuerpo y luego de una cruel agonía murió preso de intensos dolores.
A muchos kilómetros de allí la justicia ordenaba el allanamiento de un falso laboratorio especializado en tratamientos capilares que usaba talio como principal componente de su FORMULA MAGISTRAL PARA LA RECUPERACION CAPILAR.
































EL ENVENENADOR
LA PRINCESA Y EL SAPO


María Cristina tenía nombre de princesa, ella misma se creía una. Claro que tal certeza había sido estimulada desde la cuna misma ya que sus padres comparándola con su hermano mellizo no albergaban dudas de que el Creador le había concedido a ella lo que a su hermano le había negado.
Una cabellera pelirroja larga y ondulada adornaba sus hombros delicados. Su piel blanca y suave asemejaba al terciopelo… y esos ojos verdes que parecían dos esmeraldas. Su figura esbelta se destacaba con ese caminar que más que caminar daba la sensación que se deslizaba. A su lado su hermano no resultaba insignificante, más bien parecía horrible, y María Cristina no perdía oportunidad de burlarse de él y no solo su hermano era el centro de sus mofas, también lo eran sus compañeras, las que adolescentes, sufrían en sus cutis los daños colaterales de la eclosión hormonal, pero hasta en eso la naturaleza había resultado benigna con María Cristina. Nunca sufrió de ese padecimiento llamado acné.
Pero con quienes mas se ensañaba era con los jóvenes que se acercaban a ella – “ninguno de Uds. es siquiera digno de servirme de alfombra… por favor, aléjense de mi vista”.
Por las noches soñaba con su príncipe azul. Lo veía llegar en un corcel negro azabache adornado con una fina platería, imaginaba que subiría por su ventana y la llevaría con el a un palacio en un reino encantado.
Cierto día, en un rapto de sinceridad le conto su sueño a su hermano el que había esperado este momento por años, tantos como tenía su conciencia, para sugerirle donde y como encontraría al personaje de sus sueños.
Es preciso, a esta altura del relato, agregar una verdad universal: las mujeres hermosas y vanidosas son fáciles de engañar porque lo que les sobra de belleza les falta en inteligencia.
Querida hermana… a la orilla del arroyo todas las noches croa un sapo de color verde, en realidad no es un sapo, es un príncipe que ha sido victima de un hechizo” y agregó… “solo tienes que ir, tomarlo entre tus delicadas manos y pasarle tu dulce lengua sobre el lomo… y debes hacerlo pronto porque escuche que hay otra chica interesada”.
No alcanzó a terminar la palabra “interesada” que María Cristina ya tenía el sapo entre sus manos y pasaba su lengua una y otra vez sobre el batracio.
No pasó más de una hora y los síntomas de intoxicación se hicieron presente. Un rigor tetánico se apoderó de la princesa que no pudo ver la transformación – que de hecho no ocurrió- de su príncipe encantado.


EL ENVENENADOR
EL PEOR DE LOS VENENOS
La envidia, según el catolicismo se relaciona con la figura de un demonio llamado Leviatán, demonio este al decir de los exorcistas, imposible de expulsar del cuerpo de las personas que logra poseer.
En el Infierno del Dante a los envidiosos les cosían los ojos para que no pudiesen disfrutar viendo el mal ajeno.
Y esta es la historia de una víctima del peor de los venenos…
Tal vez un complejo de inferioridad, la propia naturaleza humana, o quizás fuese cierto que el mismo Leviatán lo hubiese poseído
. Vaya a saber el verdadero motivo, pero el asunto era que allí estaba… a veces latente y otras manifiesto.
Consciente del sufrimiento que le ocasionaba los logros personales de los otros, prefirió rodearse de un círculo personas de condición humilde. A estas no había nada que envidiarles, pero lamentablemente para él, ellas tampoco lo envidiaban – pues porque esa es la gracia, ser envidiado sin tener necesidad de envidiar- así fue que se cansó rápidamente y decidió cambiar el círculo de amistades por otras que resultasen un poco más “competitivas”, pero pronto comprendió que en su nuevo grupo ahora el envidiaba sin ser envidiado.
Allí fue donde su demonio desató toda su furia y potencia destructiva.
Comenzó perdiendo la risa, luego el habla, y poco a poco se fue aislando hasta convertirse en un recuerdo lejano.
Dicen quienes lo han visto que ha quedado ciego. Tal vez sea cierto lo que se dice del Infierno del Dante.




































EL ENVENENADOR
SI ME HUBIESES ESCUCHADO
Justo López vivía junto a su esposa en una pequeña ciudad de la provincia de Córdoba.
El, un triste oficinista que debido a la debilidad de su carácter jamás pudo ascender. “Hombre de buen juicio pero de poco temperamento” decía el informe del departamento de RRHH de la empresa donde cumplía funciones de cadete desde hacía más de quince años. Alcira, su esposa veía pasar la vida sin otra cosa mas que reprochar a Justo su natural y eterna indolencia.
La muerte de su tío Alfonso les dejó como herencia una pequeña finca al sur de Mendoza. Esta era la oportunidad, se dijo Justo, de empezar una nueva vida y así fue que presentó su renuncia – hecho que pasó desapercibido en la empresa- armó la mudanza y le dijo a Alcira… “nos vamos a Mendoza”.
La casita de la finca era humilde y estaba algo deteriorada, pero don Justo – como lo conocieron en aquellos parajes- poco a poco la transformó en un hogar cálido y acogedor.
Alcira se dedicó de lleno a la quinta. Puso plantines de pimientos, tomates, habas y otras legumbres a las que le dedicó todo su empeño.
Justo hubiese preferido un viñedo, pero su mujer que desde siempre tuvo una cruzada personal contra cualquier tipo de fermentación etílica, jamás le permitió que una vid le quitase espacio a sus tomates y pimientos.
Ella soñaba con la esplendida cosecha que con sus cuidados y el sol mendocino le arrancaría a esa tierra… ya imaginaba ella cosechando, envasando, etiquetando y vendiendo sus conservas, entrecerraba sus ojos e imaginaba una gran empresa que no podría llamarse más que “Conservas la Alcira…de Mendoza al mundo”. Mientras tanto el pobre de Justo seguía chocando contra la negativa de poner siquiera una sola parra.
Ese año la cosecha fue espléndida, los frutos rojos eran de un rojo intenso que se asemejaban a brasas, y Alcira, con una devoción y extremo cuidado los cosechaba para luego preparar sus tan deseadas conservas.
Justo observaba la delicada operación y tal vez motivado por el odio creciente hacia la mujer que no le había permitido plantar siquiera una vid, le decía… “Alcira, me parece que esas conservas no están bien esterilizadas”.
Así transcurrió aquel tórrido verano, Alcira envasando y Justo rumiando su bronca.
Una noche Justo tuvo un sueño muy extraño… soñó que los frascos correctamente acomodados en hileras y perfectamente etiquetados, cobraban vida… era como si estuviesen en estado de efervescencia y unas grandes burbujas presionaban sobre las tapas hasta hacerlas saltar.
A la mañana siguiente Justo le contó su extraño sueño a su esposa, y esta le espetó en la cara todo tipo de insultos y agravios al pobre hombre, agregando además en forma desafiante… “¡¿Qué no están buenas mis conservas?!”… “¡Ya verás inútil!”. Y dicho esto preparó una polenta. A los pocos minutos la polenta bullía haciendo burbujas que reventaban en la superficie de la olla, y Justo tuvo nuevamente la visión de aquel sueño, y le imploró a su mujer que no usase las conservas para el tuco.
Esta, hecha una furia no solo que utilizó dos frascos de tomate para la salsa, sino que también se comió uno de pimientos mientras cocinaba.
No había transcurrido una hora desde que Alcira había comido aquella comida que empezó a notar los primeros síntomas. Los párpados se le habían tornado pesados, tan pesados que le costaba levantarlos y su mirada comenzó a tomar una dirección extraña ya que miraba en dos direcciones opuestas – estrabismo divergente – dijo el médico que la asistió después, sus pupilas dilatadas y ese estrabismo le daban una expresión cómica, y Justo, a pesar de la impresión que le causaba, no podía parar de reír creyendo que se trataba de una actuación de su esposa.
A estos fenómenos oftalmológicos le siguieron otros aún más impresionantes, Alcira no podía tragar y ya casi no podía ni articular palabra alguna pero mantenía su lucidez mental. Su boca se había secado y al principio roja, fue tornándose de un azul cianótico.
Poco a poco fue perdiendo la movilidad, primero los miembros superiores luego los inferiores y de pronto se vio tirada en un charco de su propia orina.
Justo estupefacto testigo de esta cruel agonía que sufría Alcira, se inclinó y le dijo al oído… “Si me hubieras escuchado Alcira”.
La autopsia reveló la causa de la muerte precedida por aquellos impresionantes síntomas. BOTULISMO – TOXINAS AISLADAS A Y B
Cuatro años después se erigía en aquella finca una floreciente bodega y como no podía ser de otro modo se llamó “BODEGA LA ALCIRA, DE MENDOZA AL MUNDO”




























EL ENVENENADOR
LA CAPSULA DE LA VIDA ETERNA
Desde el amplio balcón de su residencia de verano contemplaba las luces de la ciudad rebautizada con su nombre y entre el humo de su habano y las burbujas del champagne recordaba aquel 6 de septiembre de hacía ya 24 años, cuando con su pequeño ejército irregular derrocó al Dictador.
Platanolandia había cambiado. No había ninguna ciudad que no poseyera una estatua ecuestre de su presidente. Ni repartición pública, ni hogar que no tuviese un retrato de su rostro rechoncho y sin arrugas… y no era que el tiempo no hubiese transcurrido para el, simplemente no parecía envejecer.
De tanto en tanto algún discurso de algún opositor – ya cada vez menos frecuente porque casi no quedaban- era censurado y reprimido con la misma violencia y entusiasmo de hacía 24 años atrás.
El pueblo lo adoraba y mejor aún, le temía pues se le atribuía poderes sobrenaturales fundamentado en el hecho que no parecía envejecer. Sus compañeros de aquella ya lejana revolución o bien ya habían muerto de viejos o mostraban el deterioro del paso de los años. Pero no era su caso.
Sin embargo el sabía que el ciclo de la vida también se cumpliría inexorablemente sobre su humanidad, y que cuando eso ocurriese su poder se desplomaría. Idea aterradora que en forma de pesadilla solía despertarlo sobresaltado mas de una noche.
En sus extensos discursos cada dos días incitaba al pueblo a sacrificios físicos casi inhumanos, como cuando decidió amurallar con piedras emulando al primer Emperador de la China unificada Qin Shi Huan, los 3200 kilómetros de la costa de Platanolandia, temiendo una invasión de un país imperialista. O como cuando, al mejor estilo del faraón Ramsés, hizo construir una pirámide en su honor.
Envejecer es morir” repetía una y otra vez a su Ministro de confianza… “y el día que eso ocurra…mejor ni pensar lo que me hará este pueblo”.
El Ministro lo sabía muy bien.
Así fue, que vaya a saber de donde y como consiguió la solución para evitar el envejecimiento del líder y conductor de la revolución del 6 de septiembre. Esta venía en forma de cápsula y luego de explicarle la excelente virtud de la misma lo convenció para que la tomase.
Por supuesto que el mercurio tiene algunas facultades beneficiosas pero ingerido en forma de capsulas solo conduce a la muerte. Y esto fue lo que le sucedió al tirano de Platanolandia.
Y si algún lector desprevenido creyó que acá terminó la historia se equivoca, puesto que el Ministro ocultó la muerte del líder y gobernó el por 24 años mas.






EL ENVENENADOR
LA RATA
Enjuto, flaco, de rostro aguzado, con una calvicie solo interrumpida por unos pocos cabellos largos y finos y un bigote ralo. Sus manos huesudas con dedos nudosos rematados en unas uñas largas y sucias. Tenía un andar ligero y nervioso y por su actividad de prestamista era conocido como la rata, y haciendo honor a su apodo vivía como tal.
Su esposa, María Laura sufría todo tipo de privaciones al lado de este monstruo, a tal punto que la obligó a tomar un trabajo de sirvienta y entregarle a el su jornal mensual. Y solo en ese momento le permitía comer una rodaja de pan fresco, porque “el rata” tenía una sola debilidad… el pan.
Este y otros vejámenes que soportaba la pobre mujer no eran nada comparado con algo que había sucedido varios años atrás. Resulta que al poco tiempo de haberse casado ella quedó embarazada de unos hermosos mellizos que parió con dolor, pero mas dolor le produjo la decisión de su marido que al ver a esos hermosos niñitos lo acoso la duda de su paternidad y aduciendo que no los podría mantener, obligó a su madre a entregarlos en un convento.
El rata” solo se daba un gusto y era el de comer dos o tres bollos de pan mientras contaba minuciosamente las monedas producto de su usura, su esposa remendaba sobre viejos remiendos y podía levantar algunas migas de pan que caían al suelo.
Cierto día se instaló en el pueblo una panadería y tal vez, vaya a saber el motivo, todos los días enviaban de obsequio a la casa de nuestro personaje dos hermosas varillas de pan.
Esto ocurrió a lo largo de seis meses, tiempo en que “el rata” notó que iba desmejorando… al principio pequeñas hemorragias nasales que se tornaron incoercibles y fueron acompañadas por una diarrea sanguinolenta.
Ya moribundo y con su ultimo aliento quizo saber el nombre de la panadería que tan gentilmente lo había obsequiado con el pan.
Panadería Los Mellizos” le contestó su mujer, y agregó… “el saborcito se lo daba la cumarina”.








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