EL
ENVENENADOR
La Olla de Cobre
La Olla de Cobre
Ya era un hábito.Todas las noches cuando ya no quedaban clientes y el mozo recogía los últimos manteles y montaba las sillas sobre las mesas, aparecía él, con su aire despreocupado como si no notase que la fonda se disponía a concluir esa jornada. Vaya uno a saber de donde venía porque según se sabe ya desde las nueve de la noche estaba desocupado. Si, era un hábito...un mal hábito.
Saludaba en voz baja, casi inaudible y por el solo hecho de cumplir pués ya sabía la respuesta de antemano, preguntaba:
-¿"Podrá el cocinero prepararme un guisito en la olla de cobre"?...y agregaba...
-¿Vió?...el cobre es como que disipa mejor el calor".
El mozo maldecía por lo bajo pero este molesto personaje era amigo del dueño de la fonda y una negativa o una queja podría dejarlo sin trabajo...y los tiempos eran muy duros para solo pensar en esa posibilidad, así que bajaba las sillas de aquella mesa contra la ventana de vidrios engrasados por el tiempo, sacudía el mantel y luego lo extendía sobre la mesa y con paso cansino enfilaba hacia la puerta vaivén que separaba el comedor de la cocina.
-"Si ya sé...el de siempre...el del guiso en la olla de cobre" exclamaba el cocinero que mirando de soslayo el reloj pared que marcaba las dos de la mañana murmuraba..."la puta madre que lo parió...estoy aquí desde las seis de la tarde y a este se le ocurre venir a las dos de la mañana".
De mala gana peló unas papas...una zanahoria un trozo de carne que recogió de alguna sobra y metió todo en la vieja olla de cobre. Cuando estuvo a punto lo sirvió en un plato hondo...lavó la olla y la dejo escurriendo como siempre, sin notar la coloración verdosa que iba tomando, luego se sacó el sucio delantal percudido de tantas manos refregadas en el, se puso su viejo y raido gabán pues afuera caía una tenue lluvia y se encaminó silbando hacia la casa de su novia. Al llegar al domicilio de aquella amada mujer, el mozo al no ver ni un rayito de luz que se colase por las hendijas que dejaban la puerta y las dos ventanas se dijo a si mismo:
-"La pobrecilla se cansó de esperarme seguramente y se durmió...volveré mañana".
La escena con el cliente al que podriamos definir al menos como indiscreto se repitió muchas veces...muchísimas y la olla por repetir muchas veces tambien el procedimiento de no ser enjuagada y secada convenientemente fue juntando un cardenillo verde grisáceo que dá el cobre al oxidarse.
Cierto día el cocinero descubrió que era víctima de la traición de su amada. Aquella mujer, la de sus desvelos, yacía desnuda en otros brazos. Ni una explicación por parte de ella, que por inverosímil que hubiera resultado el cocinero seguramente hubiera creído.
Así cabizbajo, humillado...decepcionado volvió a la cocina de la fonda y se dijo a si mismo como quién busca una explicación en su culpa ante tamaña desgracia...
-"Tal vez esto me pasó por tratar mal al único cliente fiel...y pensar que yo no enjuagaba la olla con la que le preparaba el guiso.El, que siempre me paraba en la puerta para felicitarme por el guiso y yo ni siquiera lo miraba urgido por correr a los brazos de esa ingrata".
En esas cavilaciones estaba cuando el mozo entró a la cocina empujando la puerta vivén con la vieja y abollada bandeja de latón, y a viva voz gritó:
-"El del guiso de la olla de cobre"¡¡¡
El corazón del cocinero saltó de júbilo y se dijo a si mismo:
-"Hoy le prepararé el mejor guiso que jamás haya probado". Y comenzo por lavar la olla con una solucion de vinagre.
-"La dejaré como nueva". Tan emocionado estaba que se olvidó de enjuagarla.
Todo salió perfecto y por supuesto, el ácido acético y el óxido de cobre fueron los ingredientes protagonistas de aquel guiso.
A partir de aquella noche el asiduo cliente no volvió mas a la fonda. Para el mozo resultó un alivio pues ahora disponía de más tiempo para jugar a las cartas con sus amigos, pero para aquel cocinero esta ausencia le trajo resabios amargos de la traición...primero su amada y ahora su fiel cliente lo había abandonado.
LA
VOZ DEL PUEBLO
De
nuestra agencia
En
la mañana de hoy, en medio de un vómito verdoso y una diarrea
sanguinolenta, fue hallado el vecino fulano de tal. El médico
forense sospecha que el síncope fulminante fue ocasionado por algún
tipo de extraño veneno.
EL
ENVENENADOR
EL
ENVENENADOR
FORMULA
MAGISTRAL
¡¡¡
“Dios…que rulos…que hermosa cabellera que tenía”!!! repetía
una y otra vez mirando aquella fotografía color sepia que
inmortalizaba una de las tantas vacaciones familiares en el campo.
Pero
evidentemente su destino era la calvicie que según su madre sería
la herencia genética de su bisabuelo el coronel Gordon.
“-
Maldito coronel… con tantos nietos justo a mi me viene a tirar sus
genes” maldecía sin tener ni siquiera una mínima idea sobre la
combinación de los genes alelos ni sobre las leyes de la
herencia.
Cada
mañana era para el un verdadero suplicio… juntaba los pelos que
quedaban esparcidos sobre la almohada… los contaba y los juntaba en
un cofre con los que habían abandonado su cabeza en noches
anteriores. Llego a pensar que dormir sentado sería la solución
para tamaño problema, pero lejos de resultar beneficioso, ya que los
pelos de su nuca quedaban sobre el almohadón en el que apoyaba la
cabeza, el dolor de cintura al levantarse cada mañana era
insoportable.
Optó
por no peinarse y lavarse la cabeza no más de una vez por mes. Ya no
soportaba mas la visión de sus cabellos debilitados hasta la
muerte, esparcidos por doquier… y para colmo esa calva que empeñada
en rechazar a sus hijos, parecía burlarse de el.
Muchos
fueron los esfuerzos y tratamientos ensayados… casi todos, por no
decir que todos fracasaron… algunos parecieron detener un poco mas
la caída, pero aquel desierto que resultaba su calva estaba empeñada
en no dejar un solo pelo con vida.
Salvia,
champues especiales medicados con aminoácidos… masajes manuales y
con masajeadores eléctricos… nada resultaba. Hasta llego a untarse
excremento de gallina mezclado con aceite de hígado de bacalao que
debía ser aplicado diariamente durante no menos de seis meses,
tiempo en que no solo fue el hazmerreir de sus compañeros de trabajo
sino que además fue aislado por el olor hediondo que despedía
semejante ungüento.
Nada
resultaba, y para colmo allí estaba, aunque cerrase los ojos, como
un cruel recordatorio, la foto de color sepia de aquellas vacaciones
familiares.
Le
quedaba una última cosa por probar… el entretejido, pero desistió
de la idea cuando vio el resultado que le había dado a su vecino
Antonio. Le pareció horrible, la calva roja y la siembra rala de
mechones que exhibía no sin vergüenza su vecino, no le pareció una
buena opción.
Ya
casi desahuciado pensó en morir con los últimos cabellos que le
quedaban… “¡¡¡Maldito Coronel Gordon!!!” frase que ya sonaba
como un grito de guerra cada vez que encontraba nuevos cabellos.
Pero
cuando ya todo parecía perdido un aviso de una revista ofrecía lo
ultimo y revolucionario en materia del tratamiento de la calvicie,
fotos que mostraban modelos del antes y después del tratamiento le
produjeron una alegría indescriptible. Mas rápido que urgente pidió
la pócima mágica, previo envió de un giro postal por una suma que
si bien era muy importante resultaba una bagatela por los efectos
fantásticos que ofrecía.
Al
cabo de diez días, en los que continuo guardando los cabellos caídos
sobre la almohada, recibió tres potes de 350 gramos cada uno.
La
presentación no era demasiado elegante y la etiqueta decía en
letras negras FORMULA MAGISTRAL PARA LA RECUPERACION CAPILAR.
Un
folletín con algunas especificaciones de uso que acompañaba al
envio explicaba como debía ser usado y lo que ocurriría a lo largo
del uso.
“Primero
notará que su escaso cabello caerá totalmente, no debe preocuparse
por ello, se trata de pelos desvitalizados y condenados a la muerte.
Al cabo de unos quince días de uso observará como empieza a nacer
un nuevo cabello hirsuto y robusto, y al mes su calvicie solo será
un viejo recuerdo”.
Efectivamente,
la secuencia se cumplía tal cual indicaba el folletín y al cabo de
un mes, luego de padecer la total caída de su antiguo cabello, su
cabeza se cubrió de rulos, tantos que de no ser por los años que
transcurrieron desde aquella foto de las vacaciones familiares no se
veía muy distinto, unos kilos mas…unas arrugas pero la misma
blonda cabellera de antaño.
Que
feliz se encontraba hasta que un día al despertar encontró la
totalidad de su nuevo cabello sobre la almohada y no solo el
cabello…también cejas y pestañas yacían en el lecho, no lo podía
creer… escalofríos, cefalgías, accesos epileptiformes y un
delirio oniroide invadieron su cuerpo y luego de una cruel agonía
murió preso de intensos dolores.
A
muchos kilómetros de allí la justicia ordenaba el allanamiento de
un falso laboratorio especializado en tratamientos capilares que
usaba talio como principal componente de su FORMULA MAGISTRAL PARA LA
RECUPERACION CAPILAR.
EL
ENVENENADOR
LA
PRINCESA Y EL SAPO
María
Cristina tenía nombre de princesa, ella misma se creía una. Claro
que tal certeza había sido estimulada desde la cuna misma ya que sus
padres comparándola con su hermano mellizo no albergaban dudas de
que el Creador le había concedido a ella lo que a su hermano le
había negado.
Una
cabellera pelirroja larga y ondulada adornaba sus hombros delicados.
Su piel blanca y suave asemejaba al terciopelo… y esos ojos verdes
que parecían dos esmeraldas. Su figura esbelta se destacaba con ese
caminar que más que caminar daba la sensación que se deslizaba. A
su lado su hermano no resultaba insignificante, más bien parecía
horrible, y María Cristina no perdía oportunidad de burlarse de él
y no solo su hermano era el centro de sus mofas, también lo eran sus
compañeras, las que adolescentes, sufrían en sus cutis los daños
colaterales de la eclosión hormonal, pero hasta en eso la naturaleza
había resultado benigna con María Cristina. Nunca sufrió de ese
padecimiento llamado acné.
Pero
con quienes mas se ensañaba era con los jóvenes que se acercaban a
ella – “ninguno de Uds. es siquiera digno de servirme de
alfombra… por favor, aléjense de mi vista”.
Por
las noches soñaba con su príncipe azul. Lo veía llegar en un
corcel negro azabache adornado con una fina platería, imaginaba que
subiría por su ventana y la llevaría con el a un palacio en un
reino encantado.
Cierto
día, en un rapto de sinceridad le conto su sueño a su hermano el
que había esperado este momento por años, tantos como tenía su
conciencia, para sugerirle donde y como encontraría al personaje de
sus sueños.
Es
preciso, a esta altura del relato, agregar una verdad universal: las
mujeres hermosas y vanidosas son fáciles de engañar porque lo que
les sobra de belleza les falta en inteligencia.
“Querida
hermana… a la orilla del arroyo todas las noches croa un sapo de
color verde, en realidad no es un sapo, es un príncipe que ha sido
victima de un hechizo” y agregó… “solo tienes que ir, tomarlo
entre tus delicadas manos y pasarle tu dulce lengua sobre el lomo…
y debes hacerlo pronto porque escuche que hay otra chica interesada”.
No
alcanzó a terminar la palabra “interesada” que María Cristina
ya tenía el sapo entre sus manos y pasaba su lengua una y otra vez
sobre el batracio.
No
pasó más de una hora y los síntomas de intoxicación se hicieron
presente. Un rigor tetánico se apoderó de la princesa que no pudo
ver la transformación – que de hecho no ocurrió- de su príncipe
encantado.
EL
ENVENENADOR
EL
PEOR DE LOS VENENOS
La
envidia, según el catolicismo se relaciona con la figura de un
demonio llamado Leviatán, demonio este al decir de los exorcistas,
imposible de expulsar del cuerpo de las personas que logra poseer.
En
el Infierno del Dante a los envidiosos les cosían los ojos para que
no pudiesen disfrutar viendo el mal ajeno.
Y
esta es la historia de una víctima del peor de los venenos…
Tal
vez un complejo de inferioridad, la propia naturaleza humana, o
quizás fuese cierto que el mismo Leviatán lo hubiese poseído
….
Vaya a saber el verdadero motivo, pero el asunto era que allí
estaba… a veces latente y otras manifiesto.
Consciente
del sufrimiento que le ocasionaba los logros personales de los otros,
prefirió rodearse de un círculo personas de condición humilde. A
estas no había nada que envidiarles, pero lamentablemente para él,
ellas tampoco lo envidiaban – pues porque esa es la gracia, ser
envidiado sin tener necesidad de envidiar- así fue que se cansó
rápidamente y decidió cambiar el círculo de amistades por otras
que resultasen un poco más “competitivas”, pero pronto
comprendió que en su nuevo grupo ahora el envidiaba sin ser
envidiado.
Allí
fue donde su demonio desató toda su furia y potencia destructiva.
Comenzó
perdiendo la risa, luego el habla, y poco a poco se fue aislando
hasta convertirse en un recuerdo lejano.
Dicen
quienes lo han visto que ha quedado ciego. Tal vez sea cierto lo que
se dice del Infierno del Dante.
EL
ENVENENADOR
SI
ME HUBIESES ESCUCHADO
Justo
López vivía junto a su esposa en una pequeña ciudad de la
provincia de Córdoba.
El,
un triste oficinista que debido a la debilidad de su carácter jamás
pudo ascender. “Hombre de buen juicio pero de poco temperamento”
decía el informe del departamento de RRHH de la empresa donde
cumplía funciones de cadete desde hacía más de quince años.
Alcira, su esposa veía pasar la vida sin otra cosa mas que reprochar
a Justo su natural y eterna indolencia.
La
muerte de su tío Alfonso les dejó como herencia una pequeña finca
al sur de Mendoza. Esta era la oportunidad, se dijo Justo, de empezar
una nueva vida y así fue que presentó su renuncia – hecho que
pasó desapercibido en la empresa- armó la mudanza y le dijo a
Alcira… “nos vamos a Mendoza”.
La
casita de la finca era humilde y estaba algo deteriorada, pero don
Justo – como lo conocieron en aquellos parajes- poco a poco la
transformó en un hogar cálido y acogedor.
Alcira
se dedicó de lleno a la quinta. Puso plantines de pimientos,
tomates, habas y otras legumbres a las que le dedicó todo su empeño.
Justo
hubiese preferido un viñedo, pero su mujer que desde siempre tuvo
una cruzada personal contra cualquier tipo de fermentación etílica,
jamás le permitió que una vid le quitase espacio a sus tomates y
pimientos.
Ella
soñaba con la esplendida cosecha que con sus cuidados y el sol
mendocino le arrancaría a esa tierra… ya imaginaba ella
cosechando, envasando, etiquetando y vendiendo sus conservas,
entrecerraba sus ojos e imaginaba una gran empresa que no podría
llamarse más que “Conservas la Alcira…de Mendoza al mundo”.
Mientras tanto el pobre de Justo seguía chocando contra la negativa
de poner siquiera una sola parra.
Ese
año la cosecha fue espléndida, los frutos rojos eran de un rojo
intenso que se asemejaban a brasas, y Alcira, con una devoción y
extremo cuidado los cosechaba para luego preparar sus tan deseadas
conservas.
Justo
observaba la delicada operación y tal vez motivado por el odio
creciente hacia la mujer que no le había permitido plantar siquiera
una vid, le decía… “Alcira, me parece que esas conservas no
están bien esterilizadas”.
Así
transcurrió aquel tórrido verano, Alcira envasando y Justo rumiando
su bronca.
Una
noche Justo tuvo un sueño muy extraño… soñó que los frascos
correctamente acomodados en hileras y perfectamente etiquetados,
cobraban vida… era como si estuviesen en estado de efervescencia y
unas grandes burbujas presionaban sobre las tapas hasta hacerlas
saltar.
A
la mañana siguiente Justo le contó su extraño sueño a su esposa,
y esta le espetó en la cara todo tipo de insultos y agravios al
pobre hombre, agregando además en forma desafiante… “¡¿Qué no
están buenas mis conservas?!”… “¡Ya verás inútil!”. Y
dicho esto preparó una polenta. A los pocos minutos la polenta
bullía haciendo burbujas que reventaban en la superficie de la olla,
y Justo tuvo nuevamente la visión de aquel sueño, y le imploró a
su mujer que no usase las conservas para el tuco.
Esta,
hecha una furia no solo que utilizó dos frascos de tomate para la
salsa, sino que también se comió uno de pimientos mientras
cocinaba.
No
había transcurrido una hora desde que Alcira había comido aquella
comida que empezó a notar los primeros síntomas. Los párpados se
le habían tornado pesados, tan pesados que le costaba levantarlos y
su mirada comenzó a tomar una dirección extraña ya que miraba en
dos direcciones opuestas – estrabismo divergente – dijo el médico
que la asistió después, sus pupilas dilatadas y ese estrabismo le
daban una expresión cómica, y Justo, a pesar de la impresión que
le causaba, no podía parar de reír creyendo que se trataba de una
actuación de su esposa.
A
estos fenómenos oftalmológicos le siguieron otros aún más
impresionantes, Alcira no podía tragar y ya casi no podía ni
articular palabra alguna pero mantenía su lucidez mental. Su boca se
había secado y al principio roja, fue tornándose de un azul
cianótico.
Poco
a poco fue perdiendo la movilidad, primero los miembros superiores
luego los inferiores y de pronto se vio tirada en un charco de su
propia orina.
Justo
estupefacto testigo de esta cruel agonía que sufría Alcira, se
inclinó y le dijo al oído… “Si me hubieras escuchado Alcira”.
La
autopsia reveló la causa de la muerte precedida por aquellos
impresionantes síntomas. BOTULISMO – TOXINAS AISLADAS A Y B
Cuatro
años después se erigía en aquella finca una floreciente bodega y
como no podía ser de otro modo se llamó “BODEGA LA ALCIRA, DE
MENDOZA AL MUNDO”
EL
ENVENENADOR
LA
CAPSULA DE LA VIDA ETERNA
Desde
el amplio balcón de su residencia de verano contemplaba las luces de
la ciudad rebautizada con su nombre y entre el humo de su habano y
las burbujas del champagne recordaba aquel 6 de septiembre de hacía
ya 24 años, cuando con su pequeño ejército irregular derrocó al
Dictador.
Platanolandia
había cambiado. No había ninguna ciudad que no poseyera una estatua
ecuestre de su presidente. Ni repartición pública, ni hogar que no
tuviese un retrato de su rostro rechoncho y sin arrugas… y no era
que el tiempo no hubiese transcurrido para el, simplemente no parecía
envejecer.
De
tanto en tanto algún discurso de algún opositor – ya cada vez
menos frecuente porque casi no quedaban- era censurado y reprimido
con la misma violencia y entusiasmo de hacía 24 años atrás.
El
pueblo lo adoraba y mejor aún, le temía pues se le atribuía
poderes sobrenaturales fundamentado en el hecho que no parecía
envejecer. Sus compañeros de aquella ya lejana revolución o bien ya
habían muerto de viejos o mostraban el deterioro del paso de los
años. Pero no era su caso.
Sin
embargo el sabía que el ciclo de la vida también se cumpliría
inexorablemente sobre su humanidad, y que cuando eso ocurriese su
poder se desplomaría. Idea aterradora que en forma de pesadilla
solía despertarlo sobresaltado mas de una noche.
En
sus extensos discursos cada dos días incitaba al pueblo a
sacrificios físicos casi inhumanos, como cuando decidió amurallar
con piedras emulando al primer Emperador de la China unificada Qin
Shi Huan, los 3200 kilómetros de la costa de Platanolandia,
temiendo una invasión de un país imperialista. O como cuando, al
mejor estilo del faraón Ramsés, hizo construir una pirámide en su
honor.
“Envejecer
es morir” repetía una y otra vez a su Ministro de confianza… “y
el día que eso ocurra…mejor ni pensar lo que me hará este
pueblo”.
El
Ministro lo sabía muy bien.
Así
fue, que vaya a saber de donde y como consiguió la solución para
evitar el envejecimiento del líder y conductor de la revolución del
6 de septiembre. Esta venía en forma de cápsula y luego de
explicarle la excelente virtud de la misma lo convenció para que la
tomase.
Por
supuesto que el mercurio tiene algunas facultades beneficiosas pero
ingerido en forma de capsulas solo conduce a la muerte. Y esto fue
lo que le sucedió al tirano de Platanolandia.
Y
si algún lector desprevenido creyó que acá terminó la historia se
equivoca, puesto que el Ministro ocultó la muerte del líder y
gobernó el por 24 años mas.
EL
ENVENENADOR
LA
RATA
Enjuto,
flaco, de rostro aguzado, con una calvicie solo interrumpida por unos
pocos cabellos largos y finos y un bigote ralo. Sus manos huesudas
con dedos nudosos rematados en unas uñas largas y sucias. Tenía un
andar ligero y nervioso y por su actividad de prestamista era
conocido como la rata, y haciendo honor a su apodo vivía como tal.
Su
esposa, María Laura sufría todo tipo de privaciones al lado de este
monstruo, a tal punto que la obligó a tomar un trabajo de sirvienta
y entregarle a el su jornal mensual. Y solo en ese momento le
permitía comer una rodaja de pan fresco, porque “el rata” tenía
una sola debilidad… el pan.
Este
y otros vejámenes que soportaba la pobre mujer no eran nada
comparado con algo que había sucedido varios años atrás. Resulta
que al poco tiempo de haberse casado ella quedó embarazada de unos
hermosos mellizos que parió con dolor, pero mas dolor le produjo la
decisión de su marido que al ver a esos hermosos niñitos lo acoso
la duda de su paternidad y aduciendo que no los podría mantener,
obligó a su madre a entregarlos en un convento.
“El
rata” solo se daba un gusto y era el de comer dos o tres bollos de
pan mientras contaba minuciosamente las monedas producto de su usura,
su esposa remendaba sobre viejos remiendos y podía levantar algunas
migas de pan que caían al suelo.
Cierto
día se instaló en el pueblo una panadería y tal vez, vaya a saber
el motivo, todos los días enviaban de obsequio a la casa de nuestro
personaje dos hermosas varillas de pan.
Esto
ocurrió a lo largo de seis meses, tiempo en que “el rata” notó
que iba desmejorando… al principio pequeñas hemorragias nasales
que se tornaron incoercibles y fueron acompañadas por una diarrea
sanguinolenta.
Ya
moribundo y con su ultimo aliento quizo saber el nombre de la
panadería que tan gentilmente lo había obsequiado con el pan.
“Panadería
Los Mellizos” le contestó su mujer, y agregó… “el saborcito
se lo daba la cumarina”.
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