LOS SUEÑOS DE ANIBAL
Aníbal se despertó muy temprano esa mañana. A pesar de que ese día no tenía que ir a trabajar, no necesitó del llamado estridente del reloj despertador. Encendió la luz de la habitación y apoyó la cabeza en el respaldo de la cama. Se sentía feliz.Recorrió con la vista todos los rincones de su pieza; tantas veces lo había hecho y sin embargo hoy le parecía que fuese la primera vez.
Allí, al lado de la puerta, la vieja repisa de madera conteniendo el desorden de una pila de libros; el antiguo ropero oscuro con el espejo quebrado y esa valija negra sobre su techo; la mesita cubierta con el mantel de nylon que mostraba esos agujeros pequeños y redondos producto de muchas noches de mate y cigarrillos; la silla que hacía las veces de perchero sosteniendo su pantalón vaquero y su vieja campera de cuero; aquella antigua mancha de humedad en el rincón del techo, tantas veces vista que aparentaba la figura de un pájaro con las alas abiertas; y desde la mesita de luz, los ojos dulces de Lucy mirandolo desde un retrato.
Lentamente Anibal se levantó, no tenía el apuro habitual de todas las mañanas.
Como pensando cada paso buscó sus mejores ropas; el traje marrón de las grandes ocasines, la camisa impecablemente blanca, los mocasines lustrados desde la noche anterior y aquella corbata que Lucy le había regalado para su último cumpleaños, esa corbata oscura a rayas finitas nunca le había gustado pero era un regalo de Lucy y por otro lado no teía otra.
Mientras la radio desparramaba la estridencia de una música de cuartetos, Aníbal tomó despaciosamente una taza de café. Terminó de vestirse frente al espejo quebrado del ropero y mientras contemplaba su propia imagen, comenzó a hacer un inventario de sus recuerdos; su vieja casa paterna de aquel pueblo del interior de la provincia; su padre, ya jubilado, pero segura haciendo todavía algún pequeño trabajo de carpintería; su madre, incansabler, con esa vitalidad que solo tienen ellas, tratando de que todo estuviese siempre en orden; sus amigos de la infancia; su escuela; sus maestros. Recordó toda aquella etapa de su vida y notó que lo hacía con tristeza.
Listo para salir, volvió a mirarse en el espejo. Todavía no lo podía creer. Esas largas jornadas atendiendo la playa de estacinamiento; esos turnos de fin de semana en el taxi gasolero. Parecía no estar convencido todavía, pero eso ya había terminado.
Esa mañana el viaje en ónmibus hasta el centro no fue como siempre. Tenía la impresión que el conductor, los pasajeros, la gente, todos eran diferentes. Todos parecían atentos, amables, cordiales. Todos parecían conocer y compartir su felicidad. Y no era para menos, esa mañana, en un solemne acto a realizarse en el Rectorado de la Universidad, Anibal recibiría su título de médico.
El viaje le pareció interminable. Descendió del 0nmibus, caminó las tres cuadras de la peatonal y llegó a la Universidad.
Se encontró con muchos de us compañeros que lo recibierón con la lógica alegría del momento. Allí estaban todos sus amigos de siempre. Luego de los abrazos, las risas y las felicitaciones, Anibal se separó del grupo. Mas allá, sentada en un banco, esperandoló como siempre estaba Lucy. Se acercó lentamente y sin saber que decir, la abrazó emocionadamente. Hubo un prolongado silencio donde se comunicaron muchas cosas. Tanto tiempo juntos, tantas ilusiones compartidas, tantos proyectos que parecían lejanos y que ahora estaban allí, al alcance de sus manos: su profesión, la pequeña clínica, sus pacientes, el matrimonio, el hogar, sus hijos, el futuro.
Lucy lo miraba con esos ojos dulces de siempre. Evidentemente, Anibal tenía razones para ser feliz. Había concretado una aspiración largamente acariciada. Aquellas jornadas de desvelo le parecían muy lejanas ante el cúmulo de expectativas que le ofrecía este presente pleno de posibilidades.
Anibal se sentía comprometido con la sociedad, y a pesar de que aquella muchas veces le fue hostíl, estaba dispuesto a ejercer su profesión como un acto de servicio.
Sabía que los comienzos no serían faciles, pero estaba acostumbrado. Para él nada había sido fácil. Confiaba en que sus sueños, que lo habían acompañados durante tantos años, no se negarían ahora en convertirse en realidad.
Pasó el tiempo, y a pesar que el tiempo sabe ser verdugo de las mejores ilusiones, Aníbal seguía siendo feliz.
Con esa facilidad que tienen los soñadores, Aníbal imaginaba su futuro.
Se instaló en uno de los mejores barrios de la ciudad. En relativamente poco tiempo había aduirido un cierto prestigio como médico ginecólogo y sus servicios profesionales eran requeridos por una creciente cantidad de pacientes.
Tenía una confortable casa y un consultorio modernamente equipado.
Sus ingresos le permitían vivir con cierta holgura. Había adquirido un automóvil usado pero en buen estado y en cuotas accesibles. Su cargo de médico de hospital, ganado por concurso, además de mantenerlo en el ejercicio de la especialidad le permitía pagar puntualmente el alquiler e incluso realizar unos pequeños ahorros.
Una noche, después del trabajo diario cuando el último paciente se había retirado, Anibal se sentó en el cómodo sillón de su consultorio y otra vez, como en aquella ocasión que lo hiciera frente al espejo quebrado del viejo ropero, comenzó a pasar revista a sus recuerdos.
Recordó sus épocas pasadas. Su nada fácil vida de estudiante. Los esfuerzos, sacrificios y privaciones que muchas veces llegaron a desanimarlo. Recordó a Lucy apareciendo siempre cada vez que el desaliento le bajaba los brazos.
Todo esto había quedado en el recuerdo.
Se sentía reconfortado, satisfecho, casi un triunfador.
Recorrió con la vista las blancas paredes del consultorio. Allí estaba su diploma de médico, colgado como un trofeo que expresaba la concreción de un ansiado anhelo; sus certificados de concurrencia a cursos y congresos; su biblioteca que mostraba los lomos relucientes de sus libros de consulta; las hermosas cortinas celestes que cubrían los amplios ventanales; la lámpara dorada con píe de mármol y la mirada dulce de Lucy desde el fondo del retrato que tenía en su escritorio.
Anibal sonrió. Evidentemente era un triunfador. Muy poco tiempo más y todos los proyectos compartidos iban a ser concretados. El matrimonio, los hijos, el futuro.
Tenía razones para ser feliz. Se sintió invadido por una indescriptible paz espiritual. Que ganas de ser siempre bueno, pensó y cerró los ojos.
Súbitamente se sobresaltó. La estridencia de una música de cuartetos invadía la habitación. Una pava de agua hirviendo arrojaba el silbido de un chorro de vapor.
Casi alarmado se puso de pie haciendo crujir el elastico de la cama. Miró a su alrededor, no había cortinas celestes, ni biblioteca con libros de consulta, ni lámpara dorada con pie de mármol ni certificados de concurrencia a cursos y congresos. Solo su diploma de médico colgado al lado de su vieja repisa de madera, y los ojos dulces de Lucy mirandoló desde un retrato.
Eran casi las diez de la noche. Se peinó frente al espejo quebrado del ropero, se puso la campera de cuero y salió apresurado; no quería llegar tarde a tomar su turno de conductor del taxi gasolero. Mientras salia recordó que al día siguiente le tocaba cubrir la guardia de veinticuatro horas en aquella clínica del centro.
El sábado que viene, pensó, voy a llevar a Lucy al cine.
Afuera hacía mucho frío. Anibal ya no era feliz. Aquella paz espiritual se había transformado en una extraña sensación de rabia e impotencia. Se levantó el cuello de la campera y mientras esperaba el onmibus pensó en aquel hermoso sueño que tendría que haber sido realidad y en esta realidad que solo tendría que ser un mal sueño.
Subió al onmibus, se sentó en uno de los últimos asientosy notó que iba perdiendo las ganas de ser bueno.
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