no pasaran

sábado, 1 de junio de 2019


LOS DIAS DE LA PESTE



Abril de 1934. Como era común en Santiago del Estero, el otoño era una estación simbólica y en ese año en particular el verano se negaba a dar paso al invierno.
El viernes 26 don Manuel Seiler se levantó temprano como todas las mañanas pero ese día no se sentía bien, un dolor parecía haberse apoderado de todo su cuerpo y de pronto su frente se perló de gotitas de transpiración… pensó que seguramente la cena no le había sentado bien o que quizás el calor de la siesta anterior y el polvillo que levantaba la cosecha de maíz cuando era cargada en los vagones del ferrocarril, lo habían afectado.
De cualquier manera ese viernes tenía muchos trámites que hacer en el pueblo y se dijo a si mismo –ya se me pasará.

Frías era un pequeño pueblo del interior de Santiago del Estero, surcado por el ferrocarril. La plaza principal, la Iglesia, un banco, algunos comercios y un caserío que albergaban a casi 8000 habitantes. La Comisión Municipal, titularizada por su Comisionado, el Dr. Arias Tapia al que acompañaba su Secretario y un auxiliar, el Sr. Espeche. El Jefe Político, el Comisario, Sr. Palacios, y algunos vecinos “notables” entre los que se destacaban algunos profesionales médicos. Un par de periódicos locales se encargaban de mantener enterada a la población acerca de las noticias locales. Uno de esas publicaciones era la Voz de Frías – de extracción católica- y el otro con cierta inclinación anarquista, que se llamaba La Senda y era propiedad de los Sres. Vieyra y Aybar.
Sus calles eran aún de tierra y la zona urbana no se extendía más allá de unas pocas cuadras.
El comercio y la actividad forestal constituían los pilares de la economía lugareña.
Las comunicaciones eran harto difíciles puesto que los caminos eran intransitables durante gran parte del año, por lo que ante tal circunstancia cualquier distancia parecía enorme.
A pesar de lo básico de su infraestructura, Frías era un pueblo que insinuaba un futuro promisorio, por tal motivo jóvenes profesionales formados en la Universidad Nacional de Córdoba no dudaban a la hora de elegir a este pueblo del interior santiagueño como “su lugar en el mundo”.
Estos jóvenes médicos habían conocido durante su pasaje universitario la lucha del radicalismo y por tal motivo su manifiesta simpatía hacía el partido centenario.
Pero en el pueblo las cosas eran distintas, el poder institucional se encontraba en manos conservadoras, y ese poder local se cuidaba mucho de no molestar al poder provincial.
Quizás esto explique el porque cada uno de los actores de este drama haya actuado como lo hizo.
La indolencia y la falta de colaboración por parte del gobierno provincial, la poca y mal intencionada información por parte del diario El Liberal que buscaba congraciarse con el gobierno provincial.
La inercia del Intendente local en consonancia tambien con el gobierno, los adulones que lo acompañaban. Y por otro lado un par de médicos jóvenes que con la ayuda de algunas personas y casi sin medios, arriesgaban su vida por su juramento hipocrático.
Al medio… 8000 almas desesperadas.

LA SENDA no perdía oportunidad ni escatimaba tinta en publicar las mas ácidas críticas en contra del gobierno municipal titularizado por el Dr.Tapia, dirigente conservador, motivo por el cual había sido designado Intendente.
En realidad aquellas críticas eran más simbólicas que efectivas puesto que la gestión del Dr. Tapia no dejaba mucho margen para el error por el simple motivo que la Intendencia no debía, como ahora ocurre, desarrollar una multiplicidad de tareas.
Bastaba con un regado regular de las calles y una recolección más o menos organizada de residuos.
No obstante los responsables de LA SENDA acechaban agazapados la oportunidad que no tardaría en presentarse.

Manuel Seiler regresó a su hogar y sin almorzar se acostó.
La fiebre parecía cada vez mas intensa y los dolores corporales parecían desmembrarlo, su esposa alarmada le pidió a la criada que corriese al pueblo a buscar al doctor Zurita.
Media hora más tarde llego el facultativo y luego de revisarlo diagnosticó que se trataba de una neumonía… con reposo y unas ventosas estaría repuesto en un par de dias.
-Creo que me has contagiado- dijo la mujer tosiendo.
- Y a mi-agregó la criada,-no me siento bien patrona, me duele mucho la cabeza.

La noche que siguió a aquel día fue extraña. Un fuerte viento del sur remolineaba por las vías del ferrocarril preñando el aire con microscópicas partículas de polvo y así sucedió toda la noche
hasta que a la madrugada por fin cesó.
No se imaginaban los habitantes de Frías que aquella era simplemente la calma que antecedía a la tormenta, y como un castigo bíblico… la Peste los acechaba.

El comisario Palacios no era un oficial de carrera, era, al igual que los tres o cuatro agentes que lo secundaban, hombres puestos allí por el Jefe Político del Partido Conservador y al servicio de este, del Intendente y del Partido.
Una denuncia por el robo de una gallina, un reclamo de algún vecino molesto con otro, algún ebrio… juez de cuanta cuadrera se hiciera, eran las labores cotidianas de la policía.
No obstante la parcialidad con que actuaba era el motivo de recelo de gran parte de la población de Frías…exacerbada muchas veces por el periódico de Aibar y Vieyra.
El sábado 28 don Manuel Seiler empeoró, su fiebre no había cedido y deliraba en su lecho. Su esposa buscó nuevamente al doctor Zurita, pero a pesar de la premura con que este acudió, ya nada pudo hacer… el enfermo había muerto y como una macabra obra del destino, al día siguiente, su mujer y su criada padeciendo los mismos síntomas que don Manuel, se despedían de la vida terrenal.
El doctor Zurita comentó el caso con sus colegas doctores Fringes y Arraya y estos coincidieron con el que ellos tambien habían visto recientemente algunos casos parecidos.

El periódico local reportó los decesos en la sección de necrológicas sin siquiera sospechar aquellos periodistas que tenían en sus manos un tema que sería la noticia de los próximos tiempos.


La sucesión de muertes había comenzado y continuó llevándose las vidas de doña Josefa Sayavedra y sus dos hijas y al día siguiente la del “manquito” Medina.
Medina había sido asistido por el doctor Arraya. Cuando prestamente acudió a la consulta encontró al paciente sumido en una fiebre muy alta, dolores musculares y articulares, congestión pulmonar y una tos seca y dolorosa, y sin dudarlo diagnosticó NEUMONIA APESTOSA.



No se equivocaba el doctor Francisco Arraya con su diagnóstico, como tampoco se equivocaba en cuanto a las medidas profilácticas que debían tomarse.
Tras una áspera discusión con el secretario del Intendente sobre el tema de la prevención, consigue que este destaque un agente sanitario que impida el ingreso y egreso de cualquier persona en la puerta de los domicilios en los que ocurrieron los casos.
El agente sanitario entendía bien lo que significaba la palabra “ingreso” pero no así “egreso”, de tal manera que no permitió que nadie entrase a esos domicilios pero si podían salir de el.

Los doctores locales se dirigen luego de ponerse de acuerdo en el diagnóstico y en la prevención, al Consejo de Higiene para denunciar los casos detectados.
El Director del organismo leyó el telegrama que le remitían sus colegas frienses y les contestó que tal diagnóstico le parecía un tanto exagerado, que quizás se tratase de neumonías estacionales… y aunque no consta que lo haya dicho, el funcionario pensó –Médicos de pueblo que buscan notoriedad a traves de la alarma-
Pero las muertes continuaban y la noticia cundía ya como reguero de pólvora. Por lo que nuevamente los “médicos del pueblo” insistieron con el burócrata del Consejo quien al final accedió a mandar al Dr. Florentino Bustos y al Delegado del Instituto Bacteriológico, Dr. Canal Feijoo para investigar la epidemia en ciernes.
A tal efecto montaron un laboratorio para examinar las muestras procedentes de los cadáveres y colaboran con ellos como ayudantes los sres. Picco y Salomón Salim.

El Intendente del pueblo era un simple espectador de los acontecimientos y quizás influenciado por algunos amigos políticos, creía que esto ya pasaría y que no era necesario acudir al gobierno provincial, el que por otro lado, había dado muestras de que el tema de las “dos o tres muertes en Frias” no revestía interés provincial. Y que de insistir con eso pensó –mejor que no fastidie al gobernador, no se cosa que ponga a otro de intendente.

De manera poco elegante y urgido por una necesidad médica, el Dr. Arraya le reclamó al Dr. Tapia que “como Intendente y como médico” debía situarse al comando de esta situación gravísima sin consideraciones personales ni egoístas.
Esta reprimenda le costó al Dr. Francisco Arraya no solo el aislamiento del que sería victima a partir de ese momento, sino tambien un castigo “in eternum”. No existe en la actualidad ni calle, ni paseo, ni placa que recuerde a este héroe de aquellos dias en que la peste nos paralizaba de horror.

El viernes 11 de mayo los Dres. enviados por el Consejo regresan a la Capital provincial en compañía del Sr. Intendente, el que ya se había convencido de la extrema gravedad de la situación y buscaba ayuda por parte del gobierno provincial.
Para el sábado se habían registrado mas muertes y lo único que había obtenido el Intendente en su viaje era que el Consejo de Educación clausurase las escuelas del pueblo.

Las muertes ya se contaban por horas… y ya las víctimas no eran solamente de la periferia del pueblo… ya se contabilizaban algunos cadáveres en la zona mas urbanizada.
El pánico había cundido y el éxodo masivo había comenzado… columnas de personas trataban de alejarse en todas las direcciones de un pueblo que se había convertido en maldito… el Intendente no estaba, el Jefe Político tampoco y el Secretario del Intendente no querías salir de su casa.
En el cementerio local y en el hospital se apilaban cadáveres insepultos y desde LA SENDA gruesos titulares denunciaban la inacción de las autoridades y daban cuenta de que los perros y cuervos devoraban a los muertos.
El comisario Palacios, no espero esta vez la orden de “arriba” y con sus agentes y el auxiliar de la municipalidad, Sr. Espeche se sumaron a la titánica tarea, aunque sin medios, de colaborar con los médicos que en forma heroica habían asumido la responsabilidad de enfrentar a la peste.
Las muertes se suceden vertiginosamente, cadáveres abandonados ya en el centro de la ciudad.
El carro que los transportaba los recogía y los depositaba en el cementerio o en la morgue del hospital.
Cortaplumas” era un hombre flaco, alto de figura desgarbada, callado y de pocas luces… parecía que el Creador lo había diseñado especialmente para este trabajo… transportar los cadáveres en un carro. Aunque, claro, este trabajo no lo quería realizar nadie… ni siquiera “Cortaplumas” por lo que el Dr. Fringes se le ocurrió que la única forma de convencerlo era emborracharlo y así fue que se consiguió esta versión local de Carontes.
Luego del tercer o cuarto viaje del día escuchó una voz que surgía de entre los muertos que le decía -¿Adonde me llevás?, ¿no ves que estoy vivo?
, Y Cortaplumas con cierto desgano lo miró y contestó –A mi no me digás nada… el doctor Fringes dice que estas muerto y si el lo dice, vos estas muerto.

Frías parecía un pueblo fantasma, las calles no se regaban, la basura no se recogía, la gente huía despavorida. Las ratas se habían enseñoreado del pueblo y solo un grupo de valientes enfrentaban la situación en una lucha muy despareja.
Las autoridades municipales ausentes y el gobierno de la provincia mostraba un desinterés y una indolencia que se reflejaba desde los pocos artículos del diario El Liberal en los que se le restaba importancia al brote y justificaban al gobierno provincial señalando la falta de fondos para esta “supuesta emergencia”.

Por fin, la tarde del día lunes arrojó un poco de luz sobre el culpable de las muertes. Se trataba de una bacteria, la Yersinia pestis, el diagnóstico era ya inobjetable… PESTE BUBONICA.
Pero los muertos se seguían sumando y los enfermos se “apilaban” en el lazareto que se había acondicionado para tal fin. Este funcionaba en la calle Valparaíso esquina Córdoba y en el dejaban su máximo esfuerzo y a riesgo de sus propias vidas el Dr. Eliseo Fringes y sus ayudantes el enfermero “golondrina” Terrera y una Sra. de apellido Sánchez.
Los pocos que habían quedado en el pueblo no salían de sus hogares y los niños exhibían un collar con una barrita de alcanfor como un talismán protector.
Durante mucho tiempo los trenes de pasajeros no pararon en Frias, y cuando pasaban por el pueblo las ventanillas se cerraban herméticamente para evitar el contacto con los “empestados”.

La respuesta del gobierno provincial llegaría de la mano del Dr. Bustos. Apenas 100 dosis de vacunas que pronto se acabaron y un mensaje del gobernador que dejó atónitos a la comisión de vecinos que lo recibió.
El Dr. Bustos se sentó en el despacho del Intendente y con una gran dificultad y con mucho temor y vergüenza le transmitió a los vecinos el mensaje del Ministro, -el Ministro dice…que toda la ayuda que puede brindar la provincia son esas 100 dosis de vacunas, no hay plata…seguirán las muertes…hasta que esto pase.
El escribano Encalada, Aybar, los sres. Comelli, Ponce, Zorrilla y los demás que conformaban la comitiva juzgaron inútil perder mas tiempo ante el Dr. Bustos y se dirigieron a pedir la colaboración del Jefe del Distrito Militar 59.
El Mayor Pérez Colman se sentó en su cama y desde allí atendió a estos notables vecinos quienes calmamente le expresaron la situación y le pidieron que se ponga a cargo de las tareas sanitarias. Ante la renuencia inicial, los vecinos convocaron a esta reunión en la habitación del Mayor Pérez Colman a los obreros ferroviarios e insistieron nuevamente con la petición a la que finalmente accedió el militar.
Al día siguiente el Mayor tenía listo los camiones regadores y el todo el desinfectante que pudo reunir entre los comercios locales.
Aún ante la evidencia atroz, el secretario del Intendente y el juez Villanueva le insistían al Dr. Tapia Arias que esto solo se trataba de una operación política fundamentaba en una alarma exagerada.
El Intendente, que acaba de llegar de la capital provincial escuchó a estos asesores y quedó muy sorprendido por el análisis que le plantearon.

El 29 de mayo LA SENDA por fin pudo publicar un ataque de bastante solidez en contra del Intendente Dr. Tapia Arias.
Al historiar la forma como se desarrolló la epidemia de Neumonía Pestosa, solo nos guía el deseo de deslindar responsabilidades por cuanto ha habido gente que en su egoísmo pretende lesionar personas que por su digna actitud están muy por encima de sus juicios y comentarios. Y esta gente ha hecho tambien que personas serenas y capacitadas que gozan de merecido prestigio en el pueblo como el Intendente Dr. Tapia Arias, se haya formado un juicio equivocado de actitudes sanas pero creemos sinceramente que el Intendente se habrá dado cuenta de los hechos ocurridos y cambiará de criterio con respecto a esos falsos amigos que tiene y que solo sirven para restarle prestigio”.
El intendente ya no podía evadir la responsabilidad que le cabía ante semejante situación y ya no dudó en asumir personalmente la dirección de las medidas sanitarias.
La acción profiláctica consistió en el enterramiento de los cadáveres que aún esperaban sepultura y la desinfección y esto poco a poco fue tornándose en una medida efectiva.
Al final la peste pasó dejando una estela de muertos cuyo número nunca pudo ser definido ya que muchas personas que morían en el campo eran enterradas “in situ” y no fueron jamás reportadas.
Pero dejó tambien al descubierto la verdadera naturaleza del espíritu humano… hombres que aún a riesgo de sus propias vidas como la de los Dres. Eliseo Fringes, Marcos Zurita, Francisco Arraya, el enfermero “golondrina” Terrera, la Sra. Sánchez y tantos otros que no dudaron a la hora de enfrentar a la muerte, y tambien aquellos que antepusieron sus mezquinos intereses personales.

Conmutarle la pena al olvido a la que a veces sometemos algunos recuerdos… de eso se trata la experiencia”.
Traer al presente el pasado para que el futuro no nos sorprenda como un hecho fortuito”.





Oscar Niño



28 de septiembre de 2010











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