LOS DIAS DE LA PESTE
Abril de 1934. Como era común
en Santiago del Estero, el otoño era una estación simbólica y en
ese año en particular el verano se negaba a dar paso al invierno.
El viernes 26 don Manuel
Seiler se levantó temprano como todas las mañanas pero ese día no
se sentía bien, un dolor parecía haberse apoderado de todo su
cuerpo y de pronto su frente se perló de gotitas de transpiración…
pensó que seguramente la cena no le había sentado bien o que quizás
el calor de la siesta anterior y el polvillo que levantaba la cosecha
de maíz cuando era cargada en los vagones del ferrocarril, lo habían
afectado.
De cualquier manera ese
viernes tenía muchos trámites que hacer en el pueblo y se dijo a si
mismo –ya
se me pasará.
Frías era un pequeño pueblo
del interior de Santiago del Estero, surcado por el ferrocarril. La
plaza principal, la Iglesia, un banco, algunos comercios y un caserío
que albergaban a casi 8000 habitantes. La Comisión Municipal,
titularizada por su Comisionado, el Dr. Arias Tapia al que acompañaba
su Secretario y un auxiliar, el Sr. Espeche. El Jefe Político, el
Comisario, Sr. Palacios, y algunos vecinos “notables” entre los
que se destacaban algunos profesionales médicos. Un par de
periódicos locales se encargaban de mantener enterada a la población
acerca de las noticias locales. Uno de esas publicaciones era la Voz
de Frías – de extracción católica- y el otro con cierta
inclinación anarquista, que se llamaba La Senda y era propiedad de
los Sres. Vieyra y Aybar.
Sus calles eran aún de tierra
y la zona urbana no se extendía más allá de unas pocas cuadras.
El comercio y la actividad
forestal constituían los pilares de la economía lugareña.
Las comunicaciones eran harto
difíciles puesto que los caminos eran intransitables durante gran
parte del año, por lo que ante tal circunstancia cualquier distancia
parecía enorme.
A pesar de lo básico de su
infraestructura, Frías era un pueblo que insinuaba un futuro
promisorio, por tal motivo jóvenes profesionales formados en la
Universidad Nacional de Córdoba no dudaban a la hora de elegir a
este pueblo del interior santiagueño como “su lugar en el mundo”.
Estos jóvenes médicos habían
conocido durante su pasaje universitario la lucha del radicalismo y
por tal motivo su manifiesta simpatía hacía el partido centenario.
Pero en el pueblo las cosas
eran distintas, el poder institucional se encontraba en manos
conservadoras, y ese poder local se cuidaba mucho de no molestar al
poder provincial.
Quizás esto explique el
porque cada uno de los actores de este drama haya actuado como lo
hizo.
La indolencia y la falta de
colaboración por parte del gobierno provincial, la poca y mal
intencionada información por parte del diario El Liberal que buscaba
congraciarse con el gobierno provincial.
La inercia del Intendente
local en consonancia tambien con el gobierno, los adulones que lo
acompañaban. Y por otro lado un par de médicos jóvenes que con la
ayuda de algunas personas y casi sin medios, arriesgaban su vida por
su juramento hipocrático.
Al medio… 8000 almas
desesperadas.
LA SENDA no perdía
oportunidad ni escatimaba tinta en publicar las mas ácidas críticas
en contra del gobierno municipal titularizado por el Dr.Tapia,
dirigente conservador, motivo por el cual había sido designado
Intendente.
En realidad aquellas críticas
eran más simbólicas que efectivas puesto que la gestión del Dr.
Tapia no dejaba mucho margen para el error por el simple motivo que
la Intendencia no debía, como ahora ocurre, desarrollar una
multiplicidad de tareas.
Bastaba con un regado regular
de las calles y una recolección más o menos organizada de residuos.
No obstante los responsables
de LA SENDA acechaban agazapados la oportunidad que no tardaría en
presentarse.
Manuel Seiler regresó a su
hogar y sin almorzar se acostó.
La fiebre parecía cada vez
mas intensa y los dolores corporales parecían desmembrarlo, su
esposa alarmada le pidió a la criada que corriese al pueblo a buscar
al doctor Zurita.
Media hora más tarde llego el
facultativo y luego de revisarlo diagnosticó que se trataba de una
neumonía… con reposo y unas ventosas estaría repuesto en un par
de dias.
-Creo
que me has contagiado- dijo
la mujer tosiendo.
-
Y a mi-agregó
la criada,-no
me siento bien patrona, me duele mucho la cabeza.
La noche que siguió a aquel
día fue extraña. Un fuerte viento del sur remolineaba por las vías
del ferrocarril preñando el aire con microscópicas partículas de
polvo y así sucedió toda la noche
hasta que a la madrugada por
fin cesó.
No se imaginaban los
habitantes de Frías que aquella era simplemente la calma que
antecedía a la tormenta, y como un castigo bíblico… la Peste los
acechaba.
El comisario Palacios no era un
oficial de carrera, era, al igual que los tres o cuatro agentes que
lo secundaban, hombres puestos allí por el Jefe Político del
Partido Conservador y al servicio de este, del Intendente y del
Partido.
Una denuncia por el robo de una
gallina, un reclamo de algún vecino molesto con otro, algún ebrio…
juez de cuanta cuadrera se hiciera, eran las labores cotidianas de la
policía.
No obstante la parcialidad con
que actuaba era el motivo de recelo de gran parte de la población de
Frías…exacerbada muchas veces por el periódico de Aibar y Vieyra.
El sábado 28 don Manuel Seiler
empeoró, su fiebre no había cedido y deliraba en su lecho. Su
esposa buscó nuevamente al doctor Zurita, pero a pesar de la premura
con que este acudió, ya nada pudo hacer… el enfermo había muerto
y como una macabra obra del destino, al día siguiente, su mujer y su
criada padeciendo los mismos síntomas que don Manuel, se despedían
de la vida terrenal.
El doctor Zurita comentó el caso
con sus colegas doctores Fringes y Arraya y estos coincidieron con el
que ellos tambien habían visto recientemente algunos casos
parecidos.
El periódico local reportó los
decesos en la sección de necrológicas sin siquiera sospechar
aquellos periodistas que tenían en sus manos un tema que sería la
noticia de los próximos tiempos.
La sucesión de muertes había
comenzado y continuó llevándose las vidas de doña Josefa Sayavedra
y sus dos hijas y al día siguiente la del “manquito” Medina.
Medina había sido asistido por
el doctor Arraya. Cuando prestamente acudió a la consulta encontró
al paciente sumido en una fiebre muy alta, dolores musculares y
articulares, congestión pulmonar y una tos seca y dolorosa, y sin
dudarlo diagnosticó NEUMONIA APESTOSA.
No se equivocaba el doctor
Francisco Arraya con su diagnóstico, como tampoco se equivocaba en
cuanto a las medidas profilácticas que debían tomarse.
Tras una áspera discusión con
el secretario del Intendente sobre el tema de la prevención,
consigue que este destaque un agente sanitario que impida el ingreso
y egreso de cualquier persona en la puerta de los domicilios en los
que ocurrieron los casos.
El agente sanitario entendía
bien lo que significaba la palabra “ingreso” pero no así
“egreso”, de tal manera que no permitió que nadie entrase a esos
domicilios pero si podían salir de el.
Los doctores locales se dirigen
luego de ponerse de acuerdo en el diagnóstico y en la prevención,
al Consejo de Higiene para denunciar los casos detectados.
El Director del organismo leyó
el telegrama que le remitían sus colegas frienses y les contestó
que tal diagnóstico le parecía un tanto exagerado, que quizás se
tratase de neumonías estacionales… y aunque no consta que lo haya
dicho, el funcionario pensó –Médicos
de pueblo que buscan notoriedad a traves de la alarma-
Pero las muertes continuaban y la
noticia cundía ya como reguero de pólvora. Por lo que nuevamente
los “médicos del pueblo” insistieron con el burócrata del
Consejo quien al final accedió a mandar al Dr. Florentino Bustos y
al Delegado del Instituto Bacteriológico, Dr. Canal Feijoo para
investigar la epidemia en ciernes.
A tal efecto montaron un
laboratorio para examinar las muestras procedentes de los cadáveres
y colaboran con ellos como ayudantes los sres. Picco y Salomón
Salim.
El Intendente del pueblo era un
simple espectador de los acontecimientos y quizás influenciado por
algunos amigos políticos, creía que esto ya pasaría y que no era
necesario acudir al gobierno provincial, el que por otro lado, había
dado muestras de que el tema de las “dos o tres muertes en Frias”
no revestía interés provincial. Y que de insistir con eso pensó
–mejor que no
fastidie al gobernador, no se cosa que ponga a otro de intendente.
De manera poco elegante y urgido
por una necesidad médica, el Dr. Arraya le reclamó al Dr. Tapia que
“como Intendente y como médico” debía situarse al comando de
esta situación gravísima sin consideraciones personales ni
egoístas.
Esta reprimenda le costó al Dr.
Francisco Arraya no solo el aislamiento del que sería victima a
partir de ese momento, sino tambien un castigo “in eternum”. No
existe en la actualidad ni calle, ni paseo, ni placa que recuerde a
este héroe de aquellos dias en que la peste nos paralizaba de
horror.
El viernes 11 de mayo los Dres.
enviados por el Consejo regresan a la Capital provincial en compañía
del Sr. Intendente, el que ya se había convencido de la extrema
gravedad de la situación y buscaba ayuda por parte del gobierno
provincial.
Para el sábado se habían
registrado mas muertes y lo único que había obtenido el Intendente
en su viaje era que el Consejo de Educación clausurase las escuelas
del pueblo.
Las muertes ya se contaban por
horas… y ya las víctimas no eran solamente de la periferia del
pueblo… ya se contabilizaban algunos cadáveres en la zona mas
urbanizada.
El pánico había cundido y el
éxodo masivo había comenzado… columnas de personas trataban de
alejarse en todas las direcciones de un pueblo que se había
convertido en maldito… el Intendente no estaba, el Jefe Político
tampoco y el Secretario del Intendente no querías salir de su casa.
En el cementerio local y en el
hospital se apilaban cadáveres insepultos y desde LA SENDA gruesos
titulares denunciaban la inacción de las autoridades y daban cuenta
de que los perros y cuervos devoraban a los muertos.
El comisario Palacios, no espero
esta vez la orden de “arriba” y con sus agentes y el auxiliar de
la municipalidad, Sr. Espeche se sumaron a la titánica tarea, aunque
sin medios, de colaborar con los médicos que en forma heroica habían
asumido la responsabilidad de enfrentar a la peste.
Las muertes se suceden
vertiginosamente, cadáveres abandonados ya en el centro de la
ciudad.
El carro que los transportaba los
recogía y los depositaba en el cementerio o en la morgue del
hospital.
“Cortaplumas” era un hombre
flaco, alto de figura desgarbada, callado y de pocas luces… parecía
que el Creador lo había diseñado especialmente para este trabajo…
transportar los cadáveres en un carro. Aunque, claro, este trabajo
no lo quería realizar nadie… ni siquiera “Cortaplumas” por lo
que el Dr. Fringes se le ocurrió que la única forma de convencerlo
era emborracharlo y así fue que se consiguió esta versión local de
Carontes.
Luego del tercer o cuarto viaje
del día escuchó una voz que surgía de entre los muertos que le
decía -¿Adonde
me llevás?, ¿no ves que estoy vivo?
, Y Cortaplumas con cierto
desgano lo miró y contestó –A
mi no me digás nada… el doctor Fringes dice que estas muerto y si
el lo dice, vos estas muerto.
Frías parecía un pueblo
fantasma, las calles no se regaban, la basura no se recogía, la
gente huía despavorida. Las ratas se habían enseñoreado del pueblo
y solo un grupo de valientes enfrentaban la situación en una lucha
muy despareja.
Las autoridades municipales
ausentes y el gobierno de la provincia mostraba un desinterés y una
indolencia que se reflejaba desde los pocos artículos del diario El
Liberal en los que se le restaba importancia al brote y justificaban
al gobierno provincial señalando la falta de fondos para esta
“supuesta emergencia”.
Por fin, la tarde del día lunes
arrojó un poco de luz sobre el culpable de las muertes. Se trataba
de una bacteria, la Yersinia pestis, el diagnóstico era ya
inobjetable… PESTE BUBONICA.
Pero los muertos se seguían
sumando y los enfermos se “apilaban” en el lazareto que se había
acondicionado para tal fin. Este funcionaba en la calle Valparaíso
esquina Córdoba y en el dejaban su máximo esfuerzo y a riesgo de
sus propias vidas el Dr. Eliseo Fringes y sus ayudantes el enfermero
“golondrina” Terrera y una Sra. de apellido Sánchez.
Los pocos que habían quedado en
el pueblo no salían de sus hogares y los niños exhibían un collar
con una barrita de alcanfor como un talismán protector.
Durante mucho tiempo los trenes
de pasajeros no pararon en Frias, y cuando pasaban por el pueblo las
ventanillas se cerraban herméticamente para evitar el contacto con
los “empestados”.
La respuesta del gobierno
provincial llegaría de la mano del Dr. Bustos. Apenas 100 dosis de
vacunas que pronto se acabaron y un mensaje del gobernador que dejó
atónitos a la comisión de vecinos que lo recibió.
El Dr. Bustos se sentó en el
despacho del Intendente y con una gran dificultad y con mucho temor y
vergüenza le transmitió a los vecinos el mensaje del Ministro, -el
Ministro dice…que toda la ayuda que puede brindar la provincia son
esas 100 dosis de vacunas, no hay plata…seguirán las muertes…hasta
que esto pase.
El escribano Encalada, Aybar, los
sres. Comelli, Ponce, Zorrilla y los demás que conformaban la
comitiva juzgaron inútil perder mas tiempo ante el Dr. Bustos y se
dirigieron a pedir la colaboración del Jefe del Distrito Militar 59.
El Mayor Pérez Colman se sentó
en su cama y desde allí atendió a estos notables vecinos quienes
calmamente le expresaron la situación y le pidieron que se ponga a
cargo de las tareas sanitarias. Ante la renuencia inicial, los
vecinos convocaron a esta reunión en la habitación del Mayor Pérez
Colman a los obreros ferroviarios e insistieron nuevamente con la
petición a la que finalmente accedió el militar.
Al día siguiente el Mayor tenía
listo los camiones regadores y el todo el desinfectante que pudo
reunir entre los comercios locales.
Aún ante la evidencia atroz, el
secretario del Intendente y el juez Villanueva le insistían al Dr.
Tapia Arias que esto solo se trataba de una operación política
fundamentaba en una alarma exagerada.
El Intendente, que acaba de
llegar de la capital provincial escuchó a estos asesores y quedó
muy sorprendido por el análisis que le plantearon.
El 29 de mayo LA SENDA por fin
pudo publicar un ataque de bastante solidez en contra del Intendente
Dr. Tapia Arias.
“Al historiar la forma como
se desarrolló la epidemia de Neumonía Pestosa, solo nos guía el
deseo de deslindar responsabilidades por cuanto ha habido gente que
en su egoísmo pretende lesionar personas que por su digna actitud
están muy por encima de sus juicios y comentarios. Y esta gente ha
hecho tambien que personas serenas y capacitadas que gozan de
merecido prestigio en el pueblo como el Intendente Dr. Tapia Arias,
se haya formado un juicio equivocado de actitudes sanas pero creemos
sinceramente que el Intendente se habrá dado cuenta de los hechos
ocurridos y cambiará de criterio con respecto a esos falsos amigos
que tiene y que solo sirven para restarle prestigio”.
El intendente ya no podía evadir
la responsabilidad que le cabía ante semejante situación y ya no
dudó en asumir personalmente la dirección de las medidas
sanitarias.
La acción profiláctica
consistió en el enterramiento de los cadáveres que aún esperaban
sepultura y la desinfección y esto poco a poco fue tornándose en
una medida efectiva.
Al final la peste pasó dejando
una estela de muertos cuyo número nunca pudo ser definido ya que
muchas personas que morían en el campo eran enterradas “in situ”
y no fueron jamás reportadas.
Pero dejó tambien al descubierto
la verdadera naturaleza del espíritu humano… hombres que aún a
riesgo de sus propias vidas como la de los Dres. Eliseo Fringes,
Marcos Zurita, Francisco Arraya, el enfermero “golondrina”
Terrera, la Sra. Sánchez y tantos otros que no dudaron a la hora de
enfrentar a la muerte, y tambien aquellos que antepusieron sus
mezquinos intereses personales.
“Conmutarle la pena al olvido a
la que a veces sometemos algunos recuerdos… de eso se trata la
experiencia”.
“Traer al presente el pasado
para que el futuro no nos sorprenda como un hecho fortuito”.
Oscar Niño
28 de
septiembre de 2010
Muy linda e interesante crónica sobre unos días dramáticos
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